Lengua materna

Pensar, comunicar, querer

La lengua materna es la que una persona aprende desde que nace. Tal es su importancia que la UNESCO proclamó que el 21 de febrero es el Día Internacional de la Lengua Materna; este hecho subraya la importancia de su práctica para la conservación de la tradición y la cultura. El concepto entrega a cada uno de nosotros su transmisión y preservación; en otras palabras, es tarea de todos, pues sin lengua materna estaríamos huérfanos de tradición, de sensibilidad, de humanidad.

Esta orfandad es la que ha pesado en muchas culturas a lo largo de la historia. Sin lengua materna no pensamos, no sentimos, no creemos, no nos comunicamos… No estaría yo aquí tratando de explicar que la iniciativa de la UNESCO tiene un gran interés político ante la creciente migración de personas a lo largo y ancho del mundo. Estamos en una fiesta en la que celebramos lo que nos hace diferentes y nos distingue de los demás.

Utilizar la lengua materna, comprenderla, estudiarla, defenderla, quererla… contribuirá a su fortalecimiento y al enriquecimiento cultural de quienes la practican. Imagínate. Quienes hablamos español como lengua natal somos herederos de toda una vida, desde los griegos a los romanos, pasando por los sajones, los anglos, los galos, los lacios, los árabes, los aztecas, los incas… y todas aquellas culturas de las que se ha nutrido la nuestra.

Sin embargo, hay que reconocer que a veces parece que la idea de ser hablantes nativos no es seductora. Para quienes piensan así, me gustaría compartirles las palabras de Dante, quien en De vulgari eloquentia aduce las razones por las que decidió escribir este y otros textos en lengua vernácula: esta sirve para pensar, para comunicar y para querer. Ese es el espíritu del día de hoy: elevar a la lengua vernácula, la lengua materna, la lengua que una persona aprende desde que nace, a un estatus semejante al de la lengua culta; una lección de creatividad para quienes la desdeñan en aras del mayor prestigio de la lengua dominante.

En conclusión, celebrar la lengua materna es celebrar lo que nos hace únicos; es reconocer que las palabras nos definen y nos describen; es volver los ojos a la tradición y la cultura para aprender de ella y ser capaces de tomar lo que nos haga falta para comprender el presente; es aprovechar que nuestra lengua vive y podemos moldearla para poner palabras a los sentidos, a los pensamientos, a las emociones; es agradecer, sin más, la oportunidad de comunicarnos con lo que tenemos, con lo que somos.  ¡Enhorabuena!

NOTA. Esta es una versión actualizada de la columna que fue publicada en febrero de 2015 en el periódico Panorama de Campus Monterrey.

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